En mi anterior trabajo en el
extinto periódico de Marbella, donde hicieron de mi vida un
infierno por sospecharme opusina y yo no negarlo tres veces,
en el diario marbellero existían fechas clave. Y entre ellas
contaba muy mucho el desembarco del rey Fahd y de su
séquito, cuando no de algunas de las docenas de príncipes de
la Familia Real saudí, porque, todos y cada uno de ellos
merecían cacho, es decir un arrebatado editorial rezumante
de respeto, reconocimiento y simpatía. Churreteo del fino
para que, los árabes, no dudaran en dejarse los sacos de
billetes en la localidad y enriquecieran con su tradicional
dadivosidad al pueblo de Marbella.
Buena gente el descansado rey Fahd. Rumboso donde los
hubiera, adoraba las puestas de sol disfrutadas desde el
pueblecito de Istán y dio billetes para ampliar el hospital,
aunque él, en el palacio que antes se llamaba Mar y Mar y
luego el Rocío, tenía su propio complejo hospitalario. En
verdad tenía de tó. Gloria bendita. Y tropecientos mil
siervos y criados, a tres mil euros al mes. Era rumorearse
que llegaban esos a los que, eufemísticamente, llamaba en
mis babosas editoriales “Corceles del desierto con corazones
de león” para que mil criaturas, muchas de ellas marroquíes,
acamparan en los portones del suntuoso palacio hecho a la
imagen y semejanza de la Casa Blanca, para que quedaran bien
claras las simpatías saudíes por el hermano americano. Y es
que, los árabes ricachones siempre han sido muy coleguitas
de los yankis. Los que son antiamericanos son los moros
pobres y los arruinados, que, lógicamente, andan amargaítos
porque, de los lujos y las ostentaciones de sus
correligionarios, se enteran por las noticias, mientras
ellos andan pidiéndole un euro a una farola.
Pero a los corceles del desierto y a esas que yo llamaba
“distinguidísimas y elegantes damas árabes de ojos de
gacela” refiriéndome a las enjoyadas millonarias compradoras
compulsivas que arrasaban las tiendas de Puerto Banús,
parecía importarles en general una mierda el que, a ciento y
pico de kilómetros, bajo los cielos de plástico del Ejido y
del Campo de Nijar, penaran islámicos como ellos,
malviviendo bajo cartones o en cortijos abandonados, sin luz
ni agua y en la penuria más absoluta. Demasiadas diferencias
a todos los niveles entre los pijísimos saudíes y los
inmigrantes moros. Más cercano estaba el pueblo llano
español, por ejemplo servidora de ustedes, al paisa que
vende alfombras o ropa por las playas, estragaítos por la
chicharrera, que esos príncipes y princesas altivos y
cargados de diamantes que se mueven en rolls mientras sus
criados van detrás en una furgoneta y aparcan sus coches en
el aparcamiento de Benabola, justo a la entrada del puerto.
Dicen y cuentan que, el exclusivísimo Corte Inglés de
Marbella, que es una pasada de lujo y no como el Cutre
Inglés de Algeciras o de Málaga, cierra sus puertas a partir
de una hora determinada, con todo el personal en sus
puestos, para que lleguen las damas de la realeza saudí a
comprar con comodidad y a llevarse las compritas en los
camiones de las grandes almacenes. Las joyerías en general y
la de Gomez-Molina en particular hacen su realísimo agosto
sacando a los escaparates tiaras y coronas de brillantazos,
collares de piedras preciosas, rólex de tirada limitada y
todo tipo de piezas del lujo más excesivo para satisfacer a
su exigente clientela, ya saben, los corceles y las de los
ojos de gacela, que pueden dejarse tranquilamente un millón
de euros en una tarde.
Eso si, a esa gente tan fina nunca les dará por montarse en
el barco de Ceuta, llegar al puerto y ver con sus ojos a
esos morillos del pegamento que, con el coste de tan solo
una de las joyas que ellos compran podrían tener
solucionadas sus vidas y las de su familia. Es otro
universo. Y los selectos árabes que apestan a perfumes caros
y llevan diamantes hasta en el carnet de identidad no son
moros, son otra cosa.
Y ante ellos, nosotros en aquel entonces y los de ahora
también, nos derretíamos en adulaciones, pregonando el
carácter de “crisol de culturas” de Marbella, porque los
marbelleros son en eso como los ceutíes, solo que con
levísimas diferencias. Las “culturas” representadas en la
ciudad costasoleña están integradas por príncipes,
presidentes, altísimos empresarios, adinerados
profesionales, reyes y lo mejor de cada casa de Arabia Saudí,
Líbano,Qatar o Siria. Ellos, sus palacios, sus maravillosas
villas diseñadas por los mejores arquitectos y paisajistas y
su integración en la vida local a base de distinción,
glamour, elegancia y billetes. Ceuta es otra cosa. En Ceuta
hay lo que hay. Para que nos vamos a engañar, por muchos
crisoles que sean ambas ciudades. Aunque en Murcia también
hay jornaleros moros, ecuatorianos, bolivianos, senegaleses
y rumanos y a nadie jamás se le ocurría comparar a Murcia
con un crisol de nada. Será que, los gobernantes murcianos
no gastan autocomplacencia sino un pragmatismo duro y real y
un realismo nada eufemístico ni poético.
Marbella “la muy hospitalaria”.Lógico. Con los
muchimillonarios que son capaces de traerse a estrellas de
la música internacional para que amenicen sus fiestones
veraniegos y que no remiendan de viejo ni de pellejo sino
que gastan como posesos, “todo el mundo” tiene mucha
hospitalidad y no se habla jamás de “tolerancia y
solidaridad” porque esos príncipes y esos millonetis, ni
tratan de que los toleren ni de que sean solidarios con
ellos, porque llegan con el cielo ganado con sus corazones
de león, sus ojos de gacelas y su elegancia a tope. Es una
tribu privilegiada que fondea con sus yates y crea riqueza
por donde va pasando y ese tipo de inmigrantes de postín son
muy queridos en España. Es más ,se les quiere con locura y
nunca jamás han creado un problema de integración ni de
convivencia y menos aún han sufrido el zarpazo del “rassismo”.
Se ve, se palpa en Marbella, que el pueblo español no es
racista, en absoluto, lo que parece que no aguantan los
pepitos ni las marujas es el pobretonerío. Ni a los
profesionales de la marginalidad y la no-integración que
subsisten a costa de las subvenciones derivadas de los
sudados dineros de los currantes. A veces la gente es muy
borde y muy como es y te sueltan eso de “Que los que vengan,
vengan a gastar y no a costarnos los dineros”. Pero mis
paisanos de los campos sin luz de Almería no cuestan dinero,
ganan lo que pueden, dejándose los pulmones en los brócolis,
con el hígado envenenado de pesticidas. No vienen a
parasitar sino a currar. La pena para ellos , mi pena, es
que nunca se lo llamaré, no les llamaré “corceles del
desierto con corazón de león” ni “ojos de gacela” ni les
daré la bienvenida a Puerto Banús desde un editorial. A
ellos les llamo “buena gente” y “Tíos dignos” y a ellas
“Mujeres y madres valientes” y para mi valen más que todos
los corceles y todas las gacelas, aunque nunca puedan ni
soñar en acercarse a una chic joyería de Banús.
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