Hubo un tiempo en el cual la barra
de la cafetería del Hotel La Muralla fue frecuentada por
políticos y funcionarios, empresarios y periodistas,
militares de graduación y ladrones de oído, amén de
profesionales que venían a vender los productos que
representaban. Algo parecido ocurrió en el Hotel Tryp,
durante un espacio de tiempo menor, infinitamente menor.
En el Tryp, hasta hace pocos años, era casi de obligado
cumplimiento para ciertas personas acudir a tomar el
aperitivo en la cafetería. Aunque conviene aclarar, cuanto
antes, que nunca las tertulias del Tryp tuvieron el grado de
interés que tenían las organizadas en el establecimiento
situado en la plaza de África. La más recoleta de todas las
de Ceuta. Para el gusto de quien escribe.
Las tertulias del famoso ‘Rincón del Muralla’ jamás volverán
a repetirse. Porque los tiempos que vivimos en nada se
parecen a aquellos otros. Por más que los comienzos de los
años ochenta se vieron también sacudidos por una crisis
económica que venía de lejos; es decir, del año 1973, más o
menos. Tampoco volverán a cobrar vida las del Tryp.
Tertulias que, mientras duraron, a cualquier observador
debió procurarle un mejor conocimiento de los demás. Un
mejor conocimiento de políticos, empresarios, avispados
medradores y correveidiles de poca monta.
Aquellas tertulias, a pesar de cotizar a la baja, le daban
al establecimiento un aire festivo que no le venía nada mal.
Pues la barra de la cafetería repleta de clientes le quitaba
cierta severidad a una sala de estar cuya frialdad era, y
es, evidente. A pesar de que los empleados del Tryp sean
inmejorables en el trato con los clientes.
Fechas atrás, comiendo en el Tryp, con conocidos de fuera,
surgió la conversación que hizo que me expresara en los
términos ya reseñados. Y, claro, mis compañeros de mesa
opinaron al respecto. Y lo hicieron con el conocimiento que
han ido adquiriendo durante los años que llevan viniendo a
la ciudad. Que son varios. Nada que objetar a los cambios
que se han ido produciendo. Mejoras evidentes. Evidentes por
su comodidad. No olvidemos que si una ciudad es incómoda o
peligrosa, sus habitantes reflejarán en su carácter tales
inconvenientes.
Luego, llegada la sobremesa, la conversación dio un giro. Se
habló de los negocios. Y a mí me tocó mantenerme al margen
de una actividad que apenas conozco, por más que hubiera un
tiempo en el cual me dio por hacer mis pinitos. Eso sí,
disfruté de lo lindo cuando a uno de los presentes se le
ocurrió decir que no se metería en negocios legales ni por
todo el oro del mundo.
Y, cuando se le pidió cuentas acerca del sarcasmo que
acababa de exponer, aclaró que “En los negocios ocurre lo
mismo que con la teoría darwinista: sólo los más fuertes
sobreviven”. Y a partir de ahí, el debate quedó servido.
Pasaba el tiempo y la tertulia continuaba siendo
interesante, muy interesante, sin que ninguno de los
contertulios tuviera que echar mano del fútbol para decir
eso tan manido de que yo no sé nada pero… Y luego tirarse
una hora disertando sobre tácticas. Cuando habían hablado de
negocios los que sabían, todos, menos yo, se me invitó a
decir algo. Y con la venia de los maestros, cité de memoria,
como es tan del agrado de Javier Arnáiz, arquitecto
municipal: “La crueldad no es un requisito previo para tener
éxito en los negocios: ser duro y desagradable es
destructivo a la larga”.
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