Tiene el don de la ubicuidad. Está
presente en todos los medios, todos los días, y a todas
horas, desde que decidió colgar el uniforme de
revolucionario de pacotilla. Lo recuerdo tratando de
reventarme una tertulia en un pub que yo regentaba, allá
cuando los ochenta estaban tomando cuerpo.
Cuando irrumpió en el local y subió las escaleras que daban
acceso a la planta donde transcurría el acto cultural que
allí se celebraba, lo confundí con alguien dedicado a
menesteres de poca monta. Nunca antes lo había visto. Iba
vestido con desaliño estudiado. Y lo acompañaba otro
individuo que decía ser su hermano de sangre.
Ricardo Muñoz estaba en posesión de la palabra,
cuando se vio interrumpido de manera brusca y fue objeto de
burlas por parte de quien se había convertido ya en un
agitador de andar por casa. Acudí presto al quite y conseguí
que abandonara el local a paso de legionario. Los
contertulios me hablaron de él y me dijeron que solía
despachar copas en el negocio de su amigo del alma. O de
sangre.
Transcurrido un tiempo, tuve la oportunidad de entablar
relaciones con el amigo de Juan Luis Aróstegui. Y,
claro, me pude ir enterando de cómo era éste a través del
conocimiento de quien lo usaba para que le pusiera voz a sus
deseos de abrirse camino en una política donde los dineros
estaban al alcance de los más listos. O de los menos
escrupulosos.
En mis conversaciones con el amigo fraternal de Aróstegui,
conocí a empresarios que eran magnánimos con la causa.
Porque se les vendía que estaban ante un personaje que iba a
romper moldes en la política local. Que había que invertir
en él. Luego, mire usted, llegaban las elecciones y el
candidato más inteligente de Ceuta perdía incluso ante quien
regalaba utensilios de cocina para hacerse el artículo. Y el
amigo del alma, o de sangre, de Aróstegui, bramaba contra él
por haber dilapidado una fortuna en la campaña electoral.
¡Qué pena de dinero invertido en un tipo que ha nacido
perdedor desde que su madre lo trajo al mundo!... Exclamaba
el amigo de marras.
Eso sí, tuvieron ambos la oportunidad de disfrutar de un
periodo de tiempo donde la actividad política les fue
favorable en varios aspectos. Aunque no pudieron evitar que
Ceuta perdiera su Caja de Ahorros. A ver si es posible que
alguien, del actual gobierno, meta las narices en todos los
expedientes firmados por Aróstegui cuando era concejal de
Hacienda. Mas bien para conocer la enorme gestión que hizo
en puesto tan clave del municipio. La pena es que no pudiera
realizar, en su momento, su gran obra: la construcción de
una central lechera en los montes de Benzú. Lo sé porque, un
día, el amigo de Aróstegui me llevó al lugar elegido para
convertirlo en un emporio de leche despasteurizada. Y me
enseñó la primera vaca del proyecto que andaba por allí
ramoneando. Lo que más me agradó fue comprobar la vistosidad
del chamizo que servía para banco de pruebas.
Pues bien, de aquel político acaparador de éxitos en su
gestión, sólo me cabe decir que no entiendo las razones que
tienen los ciudadanos para no votarle. Es persona
independiente y, por tanto, tiene ganada fama de no haberse
vendido nunca. Todo lo contrario que Juan Vivas:
éste, mal influenciado, terminará siendo culpable de que
algunos técnicos del Ayuntamiento, atiborrados de
tranquilizantes –según dice Aróstegui-, terminen
suicidándose.
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